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lunes, 9 de abril de 2018

9 de abril de 1948: setenta años cargados de incertidumbre



                        El cuerpo de Gaitán, sin vida, en el quirófano de la Clínica Central.


Hace setenta años el mundo era un poco distinto. La Segunda Guerra había acabado apenas tres años antes. El mundo estaba dividido en dos polos: la Unión Soviética y los Estados Unidos. Colombia estaba fraccionada en dos bandos, como en un estado medieval: rojos y azules. El fervor partidista tomaba visos cada vez más feroces. Mariano Ospina Pérez —el candidato que el astuto líder del partido, quién era conocido como El Monstruo o El Basilisco, puso en el tinglado político—, había recuperado para los conservadores el poder luego de una república liberal que se sostuvo por dieciséis años

En las veredas y pueblos de Colombia, un país que intentaba abrirse camino como una potencia  cafetera, la sangre corría a manos de grupos armados y patrocinados por el gobierno de turno. Eran conocidos como Los Chulavitas. Provenían de la vereda boyacense de Boavita. Son los aterradores precursores en Colombia de un modus operandi creado en la Alemania Nazi con las camisas pardas, primero, y luego con las SS, y perfeccionado, cincuenta décadas después, con los paramilitares. Decapitaciones. Ejecuciones sumarias con la macabra “corbata colombiana”, como se conocía la muerte por degollamiento y posterior decoración postmortem con la lengua de la víctima colgando de su cuello, abortos, violaciones y ahorcamientos, entre un sinfín de atrocidades, eran el pan de cada día.

Gaitán, el caudillo del pueblo


Un hombre alzó su voz contra aquel mar de sangre que anegaba el país. Jorge Eliécer Gaitán. El abogado y caudillo liberal,  hijo de un ex desertor de la Guerra de los Mil Días y librero y de una maestra de educación elemental, lanzaba sus dardos contra el gobierno de Ospina Pérez y su indolente política. En el Teatro Municipal de la Séptima con calle veintidós, primero, y luego en la Plaza de Bolívar, decidió señalar directamente al jefe de estado conservador. El peso de la culpa histórica caería sobre sus hombros, si seguía de brazos cruzados ante la masacre del pueblo liberal. Casi todos los liberales se identificaban con Gaitán y sus ideas: para algunos coqueteaban con el socialismo; para otros con el fascismo; y para la gran mayoría, con la demagogia y el populismo.

Gaitán representaba la nueva generación política tras la hegemonía conservadora que llevó hasta los años treinta a Colombia a convertirse en un país retrógrado y clerical, en que las clases aristocráticas dominaban el concierto de la nación. “Los oligarcas”, como el los llamaba despectivamente, le temían. Como sucede hoy con algunos políticos, era identificado con el modelo peronista o el estatismo económico de Lázaro Cárdenas en México, que nacionalizó el petróleo en los años treinta. En resumen, Gaitán representaba para las clases privilegiadas, el empresariado, la clase política y el clero, la sovietización de Colombia.


9 de abril de 1948: 1.05 PM




El riesgo latente, fue aparentemente conjurado para una parte de la sociedad el 9 de abril de 1948. Exactamente hace setenta años. Tres disparos segaron la vida del caudillo liberal y futuro presidente de Colombia. A la una y cinco de la tarde. Un fanático, que la historia ha querido representar con el nombre de Juan Roa Sierra: desempleado, inestable, pobre, resentido, marginado y derrotado en casi toda empresa que emprendió en su corta vida, aparentemente le disparó, actuando como lobo solitario, aquel viernes de cielo plomizo.

Roa Sierra fue linchado sobre los rieles del tranvía, mientras Gaitán agonizaba en la Clínica Central. Bogotá estalló. La radio anunció que la caída del régimen ospinista era inminente; la gente se volcó a las calles a reclamar lo que consideraba que la oligarquía le había quitado. Una facción de la policía se sublevó y armó a los espontáneos que acudieron a la Quinta Estación. El ejército, que según el imaginario de los locutores que se tomaron la Radio Nacional ese día, defendería al pueblo contra el yugo conservador, salió con sus tanques a disparar a la turba. Colombia truncó su única revolución popular que la hubiese convertido otro satélite soviético en América Latina.

Se dice que Marshall vino personalmente a orquestar la conjura para acabar con Gaitán. Que Bogotá era un nido de espías. Que hubo fiestas en las casas de los ricos para celebrar la muerte del “Negro Hijueputa Ese”. Varios días después Bogotá parecía Londres, Colonia o Dresde, tras los bombardeos de la guerra. Gaitán, que dijo que si lo mataban los ríos de sangre anegarían a Colombia hasta ahogarla, no se equivocaba. La Violencia tuvo su bautismo de sangre y fuego un 9 de abril a la 1.05. En el sitio donde empezó todo, ahora hay varias placas conmemorativas.

Hoy, cuando se ha firmado la paz con las FARC, y el fantasma de La Violencia parece haberse disipado, la sombra del exterminio político por parte de la derecha contra la izquierda, opaca el cielo azul de Colombia. La paz está ante una encrucijada, y sus ojos vendados pueden llevarla a tomar el peor de ellos, otra vez. Y la voz de Gaitán parece hoy resonar más que nunca, invocando la restauración moral de la república.


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