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lunes, 8 de abril de 2013

Gaitán, el gran ausente




  

                          Jorge Elíecer Gaitán (1898-1948) Caudillo liberal y Tribuno del Pueblo





Se conmemora otro aciago aniversario del hecho que enlodara y echara a perder el rumbo progresista, que muchos colombianos con sentido histórico, querían para esta república paria y marginada. El más luctuoso, y que cambió de golpe la historia de Colombia, el Bogotazo, el asesinato de Gaitán acaecido un 9 de abril de 1948, llevó a Colombia por los cauces violentos. Jorge Eliécer Gaitán nace en un hogar humilde, de la unión de Manuela Ayala y Eliécer Gaitán Otálora –maestra de escuela y librero respectivamente–; tuvo como faro desde su juventud una filosofía de caracter liberal, en el mejor sentido de la palabra y de avanzada social. Su paso por la academia colombiana en el alma mater de la Universidad Nacional, donde obtuvo su título en doctor en derecho y  su posterior viaje a Italia, que con la experiencia de tener como tutor ideológico al lombrosiano, y a veces acusado musoliniano, Enrico Ferri, forjó como el yunque y el martillo a la espada de un espíritu alto y preclaro como el de pocos hombres que diera éste erial. 




El origen del caudillo

De regreso a Colombia, no sin antes haber hecho de nuevo el juramento bolivariano en el monte Aventino, de librar de sus cadenas a los oprimidos y darle dignidad a los desharrapados y humillados, que en América Latina, infortunadamente, se han convertido en moneda común, Gaitán se encuentra con un panorama desolador: una de las compañías bananeras de mayor poder se encuentra expoliando los recursos naturales y oprime laboralmente a sus empleados. Luego de una protesta pacífica por la exigencia de sus derechos fundamentales la United Fruit Company apoyada por fuerzas estatales, rodeó con cerca de 300 efectivos a los inermes manifestantes sacrificando de forma miserable a un número indeterminado de personas. Gaitán hace una vehemente defensa de las victimas en el Congreso de la República, y desde ese momento las gentes más humildes, las que nunca han tenido voz ni voto, ni educación, ni vivienda, ni latifundios, ni abolengos, ni zapatos que ponerse, le acogieron como su tribunus plebis.



                                                     Gaitán, jugando al tejo junto al pueblo


Más que un demagogo, como lo calificaron desde el principio los conservadores “leopardos”, entre los que estaba su acérrimo némesis político, Laureano Gómez, Jorge Eliécer Gaitán era un conocedor profundo de las estructuras sociales, económicas, políticas y raciales que conforman la urdimbre de un pueblo eminentemente mestizo, como es el colombiano. La estrategia con la que las élites en Colombia –una de las cuatro naciones más desiguales del mundo– ha sido elaborar un sistemático discurso de desprecio por el pueblo, desconociendo desde la Colonia, quiénes verdaderamente mueven los engranajes de las finanzas con su trabajo e ingresos. Así las oligarquías (termino predilecto de Gaitán para referirse a esos que lo tildaban de “negro” e “indio”, para negarle así el ingreso a sus exclusivos clubes de alcurnia) siempre han disfrutado de las mieles de una comodidad refrendada por la alternancia de los suyos en el Palacio de los presidentes.

                                     Laureano Gómez, lider conservador y canciller en 1948



Tribuno, mártir, héroe


La apuesta de Gaitán fue por los desposeídos. Su sentencia de muerte la firmó mucho tiempo atrás del 9 de abril de 1948. Ya en alguna ocasión durante un mitin político, un disparo atravesó su chaqueta salvando su vida por los pelos. «Debería cuidarse jefe –dijo un colaborador del partido gaitanista–; si quiere nosotros le servimos de guardaespaldas». «Déjense de pendejadas… a mí no me tocan y el día que a mí me maten, van a correr ríos de sangre y su cauce no lo van a detener ni en cincuenta años», decía Gaitán, seguro de que su pueblo no habría de levantar la mano contra él, su más acérrimo defensor. Como todo gran hombre, esos de principios, valores y ética, los que no le temen a morir en las circunstancias más absurdas en virtud de su fidelidad e integridad, Jorge Eliécer Gaitán comenzó a sellar su destino trágico en julio de 1947 cuando a la manera “fascista”, como muchos pretendieron evocar, organiza una marcha de antorchas por las calles bogotanas; sin embargo el colofón a este pacto de sangre con su pueblo, lo lleva a cabo en febrero de 1948, ante una Plaza de Bolívar repleta, en una ciudad y un país demudado por la entereza de un hombre que se enfrentó como los héroes románticos, a su destino fatal.

La consigna ese día de febrero, cuando las gentes de la ciudad y el país formaron un vórtice para cobijar a su caudillo en una manifestación silenciosa, fue hacer una caminata en silencio: un solo resuello y un ritmo de pasos doloridos detuvieron el viento de ese día para escuchar a su caudillo, al Jefe que alzaba su voz por quienes no pueden hacerlo. Su Oración por la Paz es una de las obras maestras de la oratoria. Con un espíritu de contención, señaló al Palacio de Nariño, donde un tecnócrata conservador, nieto y sobrino de presidentes ignoraba las dantescas masacres perpetradas por los chulavitas, esa macabra policía secreta que segó la vida de tantos colombianos en los años cuarenta y con el visto bueno del obispo de turno y la connivencia de los militares. Ese día de febrero de 1948, Gaitán reponsabilizaba del holocausto de su pueblo a una sola persona. Aquel día sería el más sublime y el más trágico de la vida del jefe del partido liberal, y quizá, de toda la historia colombiana. El caudillo sabía que contra un partido unido por la fragua de los oligarcas nada podría hacer. Poco a poco fue ganando el favor de conservadores y liberales pobres que querían un cambio real. Al fin, en las elecciones de 1946, aunque consiguió derrotar a la coalición liberal tradicional encabezada por Gabriel Turbay y consolidarse como líder único del partido cohesionando fuerzas, no logró llegar al Palacio de Nariño. Pese a eso, Gaitán tenía el poder.


Escuchar:  Oracion por la Paz



El vendaval y los ríos de sangre


A fines de marzo de 1948 los norteamericanos en cabeza del general George Marshall llegan a Bogotá con el fin de organizar la Conferencia Panamericana. El imperio del norte necesitaba consolidarse en la región y querían imponer su política desde la esquina de Latinoamérica. Los conservadores, cual borregos mansos, siguieron a pie juntillas las indicaciones del héroe de guerra, que representando a Washington, planificaba el futuro económico y político de Colombia y su liderazgo para persuadir a la región a su favor. Perón en Argentina, quería una tercera vía, es decir, una alternativa digna y eminentemente latinoamericana ante el poder del látigo del coloso norteamericano. Bogotá hervía de espías americanos que querían cazar en río revuelto, aprovechando cualquier guiño comunista en la “Banana Republic”. ¿Pero quién podía ser aquel que les aguara la fiesta? El ex embajador norteamericano Willard Beaulac, ya había dicho alguna vez sobre el caudillo liberal, "Cave Gaitanum", (cuidáos de Gaitán).

El día 9 de abril Gaitán salió de su casa en el barrio Teusaquillo, a su oficina, en el edificio Agustín Nieto. La noche anterior había defendido al teniente Jesús María Cortés en el juicio que llevado a cabo por el crimen del periodista Eudoro Galarza Ossa, quien supuestamente le había ofendido gravemente. Como de costumbre, y magistralmente, Gaitán argumentó la defensa del honor militar consiguendo que el juez absolviera al oficial. La celebración no minó su ánimo espartano y, muy temprano el viernes, salió a recibir a algunos amigos que querían felicitarle en su bufete de abogado. Su esposa Amparo Jaramillo, le advirtió como Calpurnia a César, que tuviera cuidado con los malos presagios que había tenido en sueños, y no saliera a la calle. Sin hacerle caso, el caudillo llegó a su oficina y atendió brevemente a sus contertulios. 


La carrera séptima en Bogotá, minutos después de escucharse los disparos que segaron la vida del caudillo liberal


Quienes escriben la historia, se han empeñado en llamar Juan Roa Sierra o Marco Junio Bruto o John Wilkes Booth, al hombre que esperaba por Gaitán a la salida de su oficina. Eran la una y cinco de la tarde; desprevenidamente, mientras se dirigía al restaurante a tomar el almuerzo, Jorge Eliécer Gaitán recibió un tiro en la nuca y dos en la espalda. Cayó confundido, estaba herido de muerte: jamás se volvería a levantar. El resto de la historia de ese 9 de abril de 1948, quienes conozcan un poco de los comienzos de esta espiral de violencia que envuelve a Colombia, ya saben en qué paró. La turba enloquecida linchó a un hombre –quizá un chivo expiatorio– presa del dolor causado por la muerte de su caudillo, que representaba una luz de esperanza en una república corrupta y políticamente inmoral. Luego se entregó a una borrachera colectiva y procedió a acabar con todos los símbolos del poder: el palacio arzobispal, la tiendas de ultramarinos y ropas suntuosas, los tranvías, las charcuterías y almacenes de electrodomésticos; entonces intentaron dar un golpe de estado. El ejército, a pesar de que la policía apoyaba a los gaitanistas, conjuró el golpe y procedió a masacrar al pueblo disparando desde los campanarios alcahuetas que los curas les prestaron; pues ellos también, con las sotanas arremangadas, los usaron a manera de trincheras para disparar a sus feligreses: los mismos que creían en el Dios que permitió que el 9 de abril de 1948, un agente encubierto por la mano del gobierno y la oligarquía, matara vílmente a tiros al último de los políticos íntegros de Colombia. Un mártir que sacrifico su vida por la paz.   



El doctor Yesid Trevert Orozco, sostiene la cabeza de Gaitán que yace muerto, en el quirófano de la Clínica Central




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