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miércoles, 29 de junio de 2011

Un peronista en el Bogotazo


Un peronista en El Bogotazo
Un reportero argentino llega a Bogotá en 1948 con el fin de cubrir la Conferencia Panamericana. Pocos días después, matan a Jorge Eliécer Gaitán y él le escribe a su padre una larguísima carta al respecto. Por azar o destino, la misiva permanece inédita 62 años. Tal es la cautivante historia de las páginas que siguen.
Un peronista en el Bogotazo
Bogotá, 21 de abril de 1948
Querido papá: No sin cierta emoción me he sentado a escribirte. Tantas veces quise hacerlo pero como quería escribirte largo y tendido encontraba que siempre me faltaba el tiempo. Ayer he recibido una carta de tío Olsen y hoy otra de Raúl por la que me he enterado de que todos están bien. De Elsa la última que recibí es del 6 del corriente y no sé siquiera como habrá pasado los días en que nosotros andábamos de “baile”. Aunque supongo que conociendo mis habilidades para andar en esta clase de cosas no se habrá asustado mucho.
Ayer también recibí un ejemplar de Democracia, fecha 14, en el que con gran satisfacción leí la segunda parte del relato de mis aventuras durante el día de la revuelta. Si tú lo has leído habrás tenido una impresión aproximada del asunto, porque como había censura telegráfica muchas cosas las tuve que callar por temor a que no me dejaran pasar el cable. En La Prensa de ese mismo día hay una crónica de Milton Bracker en la que cuenta las dificultades de transmisión.
En realidad, parte de lo acontecido lo habíamos previsto ya nosotros que venimos de un país donde hasta la última persona es considerada como gente y tratada como tal. Acá subsiste aún el régimen de las “200 familias” que, junto con los agentes de las empresas imperialistas, son quienes dominan todo. Tanto en el partido liberal como en el conservador, que está en el gobierno, los dirigentes pertenecen a la oligarquía y las resoluciones partidarias así como la política que desarrollan es completamente a espaldas del pueblo.
La gente de trabajo ha abierto mucho los ojos con la política de Perón, a pesar de que acá la conocen muy poco porque los diarios ocultan toda noticia que provenga de la Argentina y muy en especial lo que se refiere a la política peronista. Desde que estoy acá, a lo que le han dado mayor importancia (un título de dos columnas) fue a la noticia sobre la posible huelga de jugadores de fútbol.
Sin embargo, por la propaganda en contra de Perón realizada por los diarios durante el período revolucionario y el electoral, la gente se alegró mucho al saber de su triunfo y lo ha conservado como una bandera. Nadie ignora acá todo lo relativo al intervencionismo de Braden y a la derrota que sufrieron los “gringos”, como les llaman a los yanquis.
El salario medio de una persona está calculado entre 60 y 80 pesos colombianos mensuales. Pero eso es para los obreros especializados. Los demás perciben un sueldo que nunca sobrepasa los 50 pesos. Tengo el caso de un mozo empleado en la confitería del Capitolio al que le pagan un peso diario y hablando con él me dijo: “¿Cómo cree usted que yo pueda mantener a mi mujer y los niños?”. El mismo caso se nos presentó en el hotel Astor, donde las mucamas, que entran a las siete de la mañana y sirven desayuno, hacen la limpieza y las camas, sirven el almuerzo, luego el té y finalmente la cena y se retiran a las diez de la noche, ganan solamente 25 pesos mensuales mientras que a nosotros nos cobraban 20 pesos diarios.
El descontento era general. Así que la muerte de Gaitán fue como si la mecha hubiera llegado a la pólvora. Un verdadero estallido de ira. Gaitán era muy querido porque era de origen “humilde” para estas tierras. Era hijo de un librero, por lo tanto no formaba parte de la oligarquía, la que le tiraba desde todos los ángulos posibles. Gaitán tenía 46 años y había asimilado mucho de la política peronista. En sus discursos es frecuente observar coincidencias notables o copia de frases de Perón como “la masa sudorosa que elabora la grandeza del país”, etcétera. La gente humilde lo idolatraba y cuando él hablaba concurría mucha gente a los mítines. Por lo general, al disgregarse se organizaban manifestaciones que apedreaban algunas casas de oligarcas, por lo que éstos veían en Gaitán un enemigo formidable al que bajo ninguna forma debían dejar llegar al poder.
Los jerarcas liberales –antes de la última elección– se conjuraron para impedir la candidatura electoral de Gaitán y mediante una maniobra lograron impedirla, fomentando así la división del partido. No obstante, Gaitán se presentó como candidato con el partido dividido pero fue derrotado. Como aquí no rige el padrón nacional sino que hay un sistema de cedulación muy raro, el fraude no fue difícil y así triunfó el candidato conservador Mariano Ospina Pérez, que forma parte del círculo de conservadores denominados “godos” por su cerrado espíritu y dependencia del clericalismo jesuita.
Esta división partidaria fue fomentada y acordada entre los oligarcas conservadores y liberales y así fue demostrado durante una sesión del Senado del mes de noviembre pasado por el senador César Ordóñez Quintero (un joven abogado de 30 años, posible sucesor de Gaitán, también “humilde” hijo de campesinos), a quien durante el debate uno de los conservas amenazó pistola en mano cuando se vieron acorralados ante los documentos que Ordóñez presentó ante la Cámara acerca del entendimiento oligárquico. Este Ordóñez es natural de Santander del Sur, tierra de donde se dice que los hombres “comen plomo y escupen soldaditos”.
Después de la elección comenzó una persecución contra todos los simpatizantes liberales. Laureano Gómez –el hombre más odiado de Colombia– preconizaba desde el diario conservador El Siglo su exterminio y cuando a raíz de un levantamiento en la provincia de Santander (la tierra de los bravos) fue nombrado ministro de Gobierno, expresó, durante una sesión de la Cámara de Diputados en la que fue interpelado, que “el partido conservador se mantendría en el poder a sangre y fuego”.
Aunque acá en la capital el ambiente estaba aparentemente tranquilo y no se producía ningún disturbio, todos los días leíamos en los diarios las noticias más asombrosas provenientes del interior. Títulos como “Veinte liberales muertos en tal parte” o “Exterminan la familia del liberal fulano” eran corrientes y un día o dos antes leímos la noticia de “Cincuenta muertos en la provincia de x” (no me acuerdo del nombre).
Toda esta trágica persecución política, unida al descontento de los trabajadores por los bajos salarios y el alto costo de la vida (una libra –400 gramos– de carne cuesta 63 centavos), nos dieron la impresión de que cuando esto estallara iba a ser incontenible. Había odio y rencor en la clase baja. Por lo general, son tipo mestizo descendientes de los antiguos chibchas que poblaron esta zona. La gente vive en casas con más de cien o doscientos años de antigüedad, con lo cual la mugre anda a la orden del día mientras que la oligarquía tiene sus residencias en el barrio denominado Chapinero que supera en belleza y elegancia a todo cuanto podamos tener en Buenos Aires. Este barrio, a pesar de su belleza, da una impresión desoladora: no se ve gente en los jardines y las casas siempre están cerradas. Hacen una vida muy retraída. Casi monástica. Los hombres van a sus ocupaciones y las mujeres se quedan en casa. Por lo general se acuestan a las seis de la tarde y cenan en la cama. La aristocracia local es de lo más cerrada y los “200 apellidos” se repiten en una forma impresionante. Se casan entre primos y es común encontrarlos: Londoño y Londoño, Lozano y Lozano, Uribe Uribe, etcétera.
Eso, que se repite también con mayor amplitud entre la clase baja, no contribuye por cierto al mejoramiento de la raza. La inmigración acá es casi nula y el aumento vegetativo de la población es reducido por la gran mortandad infantil. La sífilis, según me han dicho, comprende a un 60% de la población, índice verdaderamente aterrador. Por otra parte, también hay lepra y el primer día que llegamos nos dieron la recomendación de que tuviéramos cuidado con los leprosos porque acostumbran restregar sus pústulas con quien pueden para transmitirle la enfermedad. También hay tifus debido a la mala calidad de las aguas y para completarla nos enteramos de que, como homenaje a los delegados de la Conferencia Panamericana, muchos de los lugares que ellos debían visitar habían sido dedetizados para matar las chinches, pulgas y piojos que abundaban. Además, también como medida de homenaje, se recluyeron en campos de concentración a todos los mendigos de la ciudad (que debían ser muy abundantes) y se mataron la mayoría de los perros en virtud del alto índice de canes rabiosos que andaban por las calles.
El verano acá había sido muy largo y como consecuencia el abastecimiento de agua del salto del Tequendama había quedado reducido casi a la nada, con lo que la ciudad estaba en peligro de quedar sin agua y sin electricidad porque la usina es hidroeléctrica, instalada también aprovechando el salto. Para evitar la contingencia de que la Conferencia pudiera carecer de estos elementos, se arbitró una medida muy simple: cortar la corriente y el agua a los barrios pobres. Con lo cual esta gente vio agravada su miseria con dos elementos más. También durante los primeros días de nuestra permanencia en el hotel Astor a las 21 se cortaba la luz y debíamos alumbrarnos con velas.
Después de este alegre “panorama”, en el que creo no me olvido nada, podrás imaginarte que la reacción popular ante el asesinato de Gaitán debió ser como fue.
Pero antes de entrar en detalles sobre la rebelión, agregaré otra cosa más y de la que me olvidaba: los borrachos. La gente acá se pesca unas curdas fenomenales. El whisky es de lo más común en todos los bares y almacenes. El precio es de 16 pesos colombianos la botella de litro para el Vat 69 y hay otros más baratos, hasta 12 y 14 pesos la botella. También se vende mucho en botellas de medio litro. En el hotel nos estafaban cobrándonos la copa a 2 pesos (cuatro pesos argentinos), pero creo que en los bares se debe cobrar más barato (alrededor de 80 centavos la copa). Yo no lo he probado por razones de higiene (lavado de copas deficiente). Pero también los “piscos” (nosotros diríamos “tipos”) se emborrachan con cerveza. Una cerveza local medio regular que se envasa en unas botellas parecidas a las de medio litro de agua Villavicencio y de las cuales los individuos se mandan media docena o más cada uno. También hay una especie de aguardiente anisado (30 centavos la copa) al que le llaman “trago”. Por la noche, después de las 9:30 o 10:00, nos ha sido frecuente el espectáculo de grandes cantidades de borrachos en una forma como en Buenos Aires jamás se ha visto. La policía ni interviene en el asunto porque prácticamente no existe en las calles, salvo en dos o tres paradas de la zona céntrica o alguna ronda que realizan por parejas pero que siempre acaba en un boliche porque acá no hay ninguna clase de disciplina al respecto. ¡Esto no es Buenos Aires ni la Argentina!
Con respecto a la policía agregaré otro detalle. Está dividida en la “popol”, los “chulavitas” y el “detectivismo”. La primera de ellas es la policía política que ha tenido mucho que ver con la persecución de los liberales. La segunda es la uniformada, el nombre es un mote popular sinónimo de asesinos. Se le adjudicó tal mote en virtud de la gran cantidad de indios chulavitas que Laureano hizo ingresar a la policía para perpetrar los asesinatos de los liberales. No son tipos valientes (yo los he visto temblar de miedo el 9 pasado), pero sí sanguinarios y alevosos. El “detectivismo” es la simple policía de investigaciones (que, también en homenaje a la Panamericana, se lució encanando a todos los carteristas, ladrones, asaltantes y asesinos conocidos que pululaban por estas calles y que reunió en otro campo de concentración especial). El auge de los asaltantes y carteristas hace que aquí nadie lleve dinero. Todo se paga en vales. En confiterías, almacenes, tiendas, la gente más o menos conocida hace su consumición y firma un vale, que luego no sé cómo es reembolsado.
Cuando llegue –ya que la Conferencia finaliza el 30– te contaré algo del paisaje que rodea la ciudad, recostada sobre el maravilloso cerro Montserrat, en cuya cima hay un monasterio objetivo de muchas excursiones. Pero estas excursiones algunas veces suelen terminar mal porque los salteadores emboscados detienen los automóviles y asaltan a sus pasajeros y se da el caso de que las mujeres acompañantes no suelen salir indemnes de la emergencia como un caso que sucedió durante nuestra estadía aquí –antes del 9– y que reprodujeron los diarios.
¡Esto es algo de lo que vi en Bogotá y también de lo que he podido comprobar! Pasemos a los sucesos del 9.
A las 13:20 me encontraba en la sala de periodistas del Capitolio cuando llegó corriendo un muchacho colombiano diciendo: ¡Acaban de matar a Gaitán! Yo y otros muchachos que estábamos en la sala dijimos: es imposible. En verdad la noticia era increíble. Pero ante la afirmación rotunda y otros detalles, con dos periodistas yanquis nos lanzamos a la carrera hasta el lugar del asesinato distante unas seis cuadras. Te podrás imaginar que íbamos con el corazón en la boca por la altura de acá (2.600 metros), detalle del que estarás enterado por lo que le escribí a Elsa. Ya en la calle tuvimos la impresión de la tragedia. Las primeras cuadras estaban desiertas y al fondo, hacia el lugar del asesinato, un hormiguero de gente que iba engrosando con personas que corrían desde todos lados. Mientras tanto en las calles transversales aparecían hombres jóvenes gritando: “¡Pueblo de Colombia, acaban de matar al doctor Gaitán!”, gritos que eran recibidos con incredulidad por la gente que se arremolinaba a inquirir detalles y luego corría hacia el sitio del asesinato.
En el lugar del hecho aquello era un caos. La gente gritaba: “Asesinos”, “Muera el partido conservador”, “Queremos la cabeza de Ospina”, “Viva Gaitán”, “Viva el partido liberal”. En todas las solapas comenzaban a aparecer ya cintas rojas, emblema del partido liberal, y junto a ellas una cinta negra de luto. Yo no sé de dónde las habían sacado. Posiblemente desgarrando la primera tela que tuvieron a mano. Los conductores tranviarios abandonaron los vehículos y se paralizó su circulación. Tuvimos que dar un rodeo para llegar hasta el lugar donde había caído Gaitán. Los dos yanquis rajaron para el hotel Granada y yo me quedé solo mezclándome entre la multitud. Me aproximé hasta la vereda donde había caído Gaitán (al que ya habían trasladado a un sanatorio), eran las 13:30 y en ese momento cubrían el sitio donde cayó con una bandera colombiana. Momentos antes, según me dijeron, mucha gente había mojado su pañuelo en la sangre del líder para guardarlo como recuerdo.
Metros más allá, en medio de un remolino de gente, yacía el asesino a quien habían ultimado a puntapiés. El desorden y el fervor eran extraordinarios. Una reacción inigualable de un pueblo sojuzgado. De inmediato se organizó una manifestación al grito de “Al Palacio”, “Al Palacio” (se referían al Palacio Nariño, sede de la presidencia).
Seguí a la carrera con los manifestantes mientras dos personas llevaban el cadáver del asesino al frente tirándolo de los pies. Mientras lo arrastraban, se le fue saliendo la camisa y camiseta, quedando medio desnudo. Para llegar al Palacio Nariño pasamos por la plaza Bolívar y un costado del Capitolio. Allí ya comenzó la pedrea y hasta el momento no había ninguna reacción policial. Una cuadra más allá del Capitolio hay una comisaría y algunos de los chulavitas la abandonaron plegándose a los revoltosos al grito de “Viva la policía liberal”.
Prácticamente la manifestación no entró en la casa de gobierno por indecisión. La guardia, según tuve la impresión, estaba aterrada e indecisa y la gente enardecida se limitó a proferir gritos y a depositar el cadáver del asesino frente al palacio presidencial, mientras que cundía por todas partes un desorden al que se le podría dar el calificativo de “gran jerarquía”. Como espectáculo era magnífico. En las esquinas se improvisaban oradores que incitaban a la acción, mientras hombres y mujeres expresaban sus quejas por el asesinato y algunas lloraban. A mi lado una mujer secándose las lágrimas dijo: “Dios mío, me lo han matado”. Subrayo el “me” porque eso podría indicar mejor lo que el pueblo sentía por Gaitán. Era de ellos.
Unos disparos al aire hechos desde el cuartel de la custodia presidencial bastaron para que la multitud se dispersara. Pero estos disparos la enardecieron más y comenzaron a destruir edificios. Atacaron en primer lugar los focos de luz de la Universidad Javeriana, frente al Capitolio, y enseguida la emprendieron contra éste por uno de los costados. Ante la impresión de que lo iban a atacar, me dirigí hacia el mismo por la entrada principal, constituida por una escalinata de unos diez peldaños en todo el frente de la plaza Bolívar. La entrada es sin puertas, solamente la demarca un pórtico con columnas de estilo jónico que dan entrada a un patio en cuyo centro se encuentra la estatua de Santander.
Sobre este pórtico montaban guardia permanente unos 30 chulavitas, a los cuales se les había dado un uniforme especial de paño azul marino con botones dorados y un casco plateado modelo similar al inglés de la primera guerra, pero más bien grotesco y con forma de “vacía” de peluquero, que dio motivo a los más jocosos comentarios entre los mismos bogotanos. (Algunos decían que lo utilizaban como cazuela para el rancho.)
Cuando llegué hasta donde la fila de chulavitas montaba guardia, me di cuenta de que el Capitolio era una presa fácil. Tenían el gran ca... (imaginátelo vos) del siglo. Algunos temblaban y la totalidad se encontraban azorados. (También como homenaje a la Panamericana estaban solamente armados con palos.) Uno de ellos exclamó todo tembloroso: “Pero cómo nos dejan así solos. Si tuviéramos dos ametralladoras terminábamos con todo esto”. No era en realidad tarea de ametralladoras sino de decisión y coraje. Los estuve alentando y dándoles confianza. Llegué a decirles: “No tengan miedo que no va pasar nada”. Pero mientras les decía esto la gente se agrupaba en la acera de enfrente (unos 25 a 30 metros) y vociferaba contra la Panamericana y contra el gobierno, mientras algunos cabecillas se adelantaban al medio de la calzada incitando a los demás a avanzar contra el Capitolio. Observé entonces que algunos de los policías emprendían una retirada estratégica para el fondo y que sus filas iban quedando raleadas.
La gente advirtió el temor y avanzó. Los cabecillas ya estaban ascendiendo la escalinata, lo que motivó el desbande de los policías que se replegaron hacia el fondo del patio. Corrí entonces hacia la oficina de prensa, para avisarles a los muchachos que el Capitolio era invadido. En uno de los corredores me encontré con unas diez chicas taquígrafas con un susto mayúsculo. También les di ánimo de pasada y prometí venir enseguida a auxiliarlas. Cuando llegué a la sala reinaba un pánico mayúsculo.
Los vidrios caían a pedazos por las pedradas arrojadas desde la calle. Crucé la sala hasta el fondo (12 metros) y en una habitación encontré a los enviados de La Nación, El Mundo, La Prensa y otros a quienes informé de lo que pasaba y les indiqué la necesidad de que se retiraran por la puerta del fondo, que hasta el momento no había sido atacada.
Después de esta información y ante su indecisión, regresé para atrás y al cruzar la sala bien erguido, para que nadie fuera a pensar que sentía miedo, una piedra como de medio kilo atravesó uno de los vidrios y pasó por sobre mi cabeza, yendo a estrellarse contra la pared. Ni siquiera me encogí, porque no sentía miedo (o el mío era menor que el de los demás), me di media vuelta para observar el efecto de la piedra y proseguí mi camino. Ya la turba había entrado al Capitolio y por todas partes se escuchaba el estallido de los vidrios y golpes de muebles y máquinas arrojados al suelo.
Espié hacia el patio y los policías habían desaparecido. En éste caía toda clase de muebles arrojados desde el piso superior que la gente de abajo volvía a agitar para terminar de romperlos. Volví a la sala de prensa y ya todo el mundo se había retirado. Iba a hacerlo yo mismo cuando me acordé de las taquígrafas. Varios revoltosos habían pasado por ese corredor rompiendo vidrios. Me dirigí a la puerta de la oficina de ellas (felizmente era toda de madera) y golpié para que abrieran. Salieron todas llorosas y me rodeaban desesperadas. Por más que hacía no podía animarlas. Las decidí a que nos dirigiéramos a la puerta de atrás y así lo hicimos. Todo estaba tranquilo por este lado y salimos hasta una explanada desde la cual por una escalinata se llega a la calle.
Ya estaba el problema resuelto. Sin embargo, apareció en ese momento un hombre que con una piedra apuntó hacia nuestro lado. Le hice señas de que no tirara y me dio a entender que no lo iba a hacer. Pero las chicas se asustaron tanto que quisieron volver adentro. Al regresar ya nos encontrábamos cercados. Frente nuestro apareció un negro petizo y motoso esgrimiendo un garrote sacado de una pata de mesa. Dos de las niñas se me prendieron una a cada brazo y las otras se colocaron detrás mío. Pude desasirme de una de ellas y levantando el brazo le increpé entre afirmativo y dubitante: “Supongo que no pensará atacar a las mujeres”. El pobre tipo me superó ampliamente en el susto, porque se avergonzó todo, miró hacia abajo y con un “no” muy debilucho y desganado pasó a mi lado con la pata de mesa enarbolada. Fue un momento realmente dramático en que yo no sabía qué hacer. Estaba tranquilo pero no las tenía todas conmigo y me preocupaban esas chicas de las que salí a hacer de protector porque me daba asco la rajada en masa de los colombianos que las dejaron solas.
Por indicación de una de ellas, que conocía la casa, nos dirigimos hacia la azotea. Desde allí tuve un formidable punto de observación. Habían comenzado a volcar autos y tranvías y a prenderles fuego, al que luego agregaban los magníficos sillones y sillas que sacaban del Capitolio. La grita era ensordecedora y vibrante acompañada por el ruido de vidrios rotos, muebles que eran arrojados desde la galería interior del primer piso, así como máquinas de escribir, de contabilidad y otras.
Varias veces intenté bajar, pero las chicas no querían desprenderse de mí. En ese momento llegaron Jean Lagrange y Ana Kipper, corresponsales de la France Press, con su maquinita portátil de escribir. El francés se sentó en el borde de un paredón, apoyó la máquina sobre las rodillas y lo más trucho prosiguió escribiendo sus crónicas. También llegó minutos después Carlos Muzio Sáenz Peña (22 años), hijo del director del diario El Mundo, a quien dejé a cargo de las taquígrafas, encargoque me relevó de permanecer en la azotea.
Me dirigí hacia abajo y ya habían comenzado a entrar los soldados al Capitolio por la puerta de atrás; pacientemente y sin actos de fuerza iban empujando a los revoltosos hacia afuera. Ya en el patio observé cómo uno de los de la turba hería en la cara con un caño a uno de los soldados, quien conservó la calma y no repelió la agresión a pesar de que manaba sangre por la herida. Poco a poco los retiraron del patio y ya apostada la guardia con fusiles el interior era un sitio más o menos seguro. Por afuera se escuchaban descargas de fusil y revólver, las que luego fueron creciendo en intensidad.
Me dirigí hacia la sala de periodistas adonde nuevamente habían llegado los franceses y me puse a escribir mi primer relato de los sucesos a Democracia. Llegó en esos momentos el gerente de American Cables, mister Goodwin, quien enseguida se puso a nuestra disposición para que mandáramos todo aunque nos adelantó que le acababan de informar que se había implantado la censura y que no salía ningún despacho telegráfico, aunque me aconsejó que terminara el mío “porque así ganaba turno”. Así lo hice. Cuando estaba escribiendo, seguían cayendo piedras contra los cristales y, a pesar de estar las persianas bajas, como eran de un material plástico flexible, las piedras pasaban cómodamente por entre las mismas. Uno de los empleados de la conferencia que había aparecido de no sé dónde me recomendó que me escudara contra una pared. Pero le contesté lo más tranquilo: “De acá no me muevo”.
Llegó minutos después Abello, corresponsal de Clarín, quien desde ese momento se convirtió en compañero de aventuras. Cuando terminé el despacho, me dirigí con uno de los cadetes de la All American hacia el sótano donde estaba mister Goodwin para hacerle una consulta y allí me encontré con varios delegados argentinos con estado de ánimo fácil de imaginar. Conversé con ellos unos minutos y luego me fui al mostrador a tomar una solemne copa de coñac que me cayó muy bien porque hasta ese momento, las 16, no había tomado nada ya que no acostumbro a desayunarme y el almuerzo ha quedado pospuesto hasta mi regreso al hotel.
Ya era imposible salir del Capitolio porque estaba sitiado. Me dediqué a recorrer las dependencias y estuve en el frente del pórtico, donde conversé con los soldados y su comandante, un capitán Miranda, que tuvo un comportamiento magnífico. Desde una de las ventanas del costado vi dos barricadas hechas con sillas y muebles arrojados desde el Capitolio, en una de las cuales se encontraban soldados cuerpo a tierra con fusil y bayoneta y en la otra dos piscos, uno de ellos semierguido blandiendo un florete o sable de esgrima (robado de las armerías) con el que trazaba grandes remolinos en el aire incitando a un grupo de hombres refugiado a la vuelta de la esquina de la calle 10. En la tierra de nadie que separaba las dos barricadas había una mujer muerta. Se trataba de una mujer del pueblo, de humildes vestiduras, algo gorda y de unos 45 años de edad. Uno de los soldados que estaba al lado mío me pidió que me retirara. “Están echando bala”, me dijo, “y puede caerle alguna”. (Palabras textuales usando idioma local. No dicen tiran tiros sino “echan bala”.)
Durante mi recorrido y cuando serían las cinco, los diplomáticos y delegados, así como gran cantidad de personas, se retiraron protegidos por una fuerte escolta de soldados hasta el cuartel de la guardia presidencial distante una cuadra y media. Yo volví al bar y me enteré de que proseguía sitiado y nuevamente volví a juntarme con Abello, la Kipper, otra mujer pintora francesa y dos muchachos ayudantes de la France Press (Lagrange se retiró con el grupo y dejó a sus compañeros).
Como el coñac me había dado hambre, pregunté dónde quedaba la cocina y me dirigí hacia ella. Allí encontré a la pobre cocinera, no sé si aterrada o llorosa por la muerte de Gaitán. Sobre el piso había colocado una vela, que no permitió a nadie que la tocara, y rezaba en medio de grandes suspiros. Me dio algunos sandwichs y también me trajo un plato de rost biff semifrío que comí con gran apetito. Traté de invitar a Abello, el que nervioso me respondió: “Vovos eesestas loco –es medio tartamudo a veces–, pensando en comer mientras estamos en este lío”. Evidentemente no las tenía consigo y así lo declaró, pero se portó gallardamente en todo momento.
Organicé una tertulia en el salón comedor, entre unas treinta o cuarenta personas que éramos en total. Conseguí que se nos sirviera café y chiste de acá chiste de allá lo fuimos pasando bastante bien. Recorrí varias veces los puestos de los soldados y ayudé a servirles café. Eran casi las 18 y ya obscurecía. En medio de la obscuridad consiguió entrar en el Capitolio uno de los mozos, de apellido Soto, que había andado con la turba y que era portador de una campana: la del diario El Siglo (órgano del partido conservador fundado, dirigido e inspirado por Laureano Gómez). Nos relató varios episodios de los disturbios y nos informó del estado de la calle, acerca del cual no necesitábamos mayores datos ya que las continuas descargas nos daban la impresión exacta de lo que estaba sucediendo.
Posteriormente el capitán Miranda dijo que era necesario evacuar el edificio y que darían garantías para la salida. Organizamos un grupo con Ana Kipper, la pintora, Abello y los dos muchachos de la France Press para dirigirnos a la Embajada Francesa. La policía había dejado estacionado el auto del lado de atrás y como por el mismo no habían provocado incendios teníamos la esperanza de hacerlo marchar. En medio de un gran chaparrón salimos y nos metimos en el auto –modelo chico en el cual seis personas íbamos como sardina en latas–. Las garantías del capitán Miranda se limitaron a decirnos “sigan para abajo por la calle 9”. La Kipper –tal vez habituada a las acciones de Europa (tiene una cara de arpía que impresiona)– se portó valerosamente. Personalmente manejó el auto y salimos a marcha moderada. Comenzamos a percibir el resplandor de los incendios hacia nuestra derecha (el centro de la ciudad) y la marcha de la gente cargada de cosas producto del saqueo. Muchas de ellas blandiendo machetes hacían gestos en dirección a este único auto solitario que se aventuraba a esas horas en que muchos de ellos habían sido quemados ya. A los gritos de “Viva el partido liberal” respondíamos con sonoros vítores desde el auto. Pero al doblar una esquina uno de los facinerosos le tiró un mandoble a una de las ruedas y percibimos claramente el sonido del machete contra la goma. Felizmente no sucedió nada. Más allá y ahí sí que nos las vimos negras, una cadena de hombres tomados de la mano en el medio de la calle nos hizo señas de que nos detuviéramos. “Que nadie hable”, les dije, “yo me encargo de ellos”. Cuando el auto se detuvo un pisco malentrazado se nos acercó. A su lado había un camión detenido y señalando hacia él nos dijo que necesitaban un “crique”, si le podíamos facilitar alguno. Le dije que no llevábamos y que no se preocuparan por eso porque teníamos también un camión y que cuando llegáramos a “la casa” (nadie dice aquí “mi” casa) se lo íbamos a mandar para que los ayudara y los remolcara también si lo necesitaban. Aunque creo que lo del crique era cuento y tenían intenciones de hacernos la boleta, se frenaron al ver a dos mujeres adelante, se dieron por satisfechos y después de darnos las gracias nos dejaron seguir.
Llegamos a la Embajada Francesa en medio de la lluvia. Frente a la misma un grupo de personas se ocupaba de forzar las puertas de un negocio para saquearlo. Penetramos en la Embajada, donde nos recibieron muy bien. Ahí nos volvimos a encontrar con Lagrange. Hubo mutuos saludos y la oferta por parte del embajador de una buena copa de coñac. Hablé por teléfono al Granada y les anuncié dónde estábamos y que nos íbamos a dirigir hacia allá. A eso de las ocho y media o nueve salimos Abello, dos muchachos de la Embajada cuya residencia quedaba en el camino y yo hacia el Granada.
Después de caminar una cuadra entramos en la carrera séptima. El espectáculo era pavoroso. Personas armadas con fusiles, pistolas, machetes, en fin con todo lo que habían podido sacar de las armerías en una ronda infernal circulaban por el medio de la calle o se agrupaban en las puertas de los comercios, sacando las mercaderías y saliendo cargadas con ellas. Era la reproducción de La calle de la tranquilidad de Carlitos Chaplin, aunque corregida y aumentada. Ya había muchos, muchísimos borrachos. Uno de ellos, un muchacho de unos 18 años, nos enfrentó con un “Viva el partido liberal” medio gangoso. Tal vez nuestra contestación no tuvo la suficiente fuerza porque se nos puso al lado y nos insistió: “Ustedes son liberales”. “Por supuesto, camarada”, le contesté, a lo que nos replicó mientras seguía caminando a nuestro lado: “Porque si no yo tengo acá algo con qué echarles bala a los que no sean liberales” y abriéndose el saco nos mostró la empuñadura marrón de un revólver.
Caminábamos, evidentemente, como si nuestros pies fueran de plomo. Mis tres compañeros estaban mudos. Yo me puse del lado donde nos flanqueaba el balbuceante pisco, quien proseguía monologando porque yo, ante el fracaso de mi compañía, había comenzado a sentirme intranquilo y le contestaba vagamente. No era para hacerse el loco estar en medio de esa turba y que al borrachito se le ocurriera incitarla en contra nuestra. Aligerando el paso por medio de un “iniciemos el raje” que le deslicé a Abello, nos desprendimos de él y seguimos contemplando el espectáculo del saqueo. Aquello era la locura. Individuos armados con martillo y cortafierros tranquilamente se dedicaban a cortar las argollas de los candados trabajando con un ardor encomiable. Vimos el caso –que por cierto observamos silenciosamente y sin reírnos– de uno de estos tipos golpeando fervorosamente contra un enorme candado de bronce, mientras que otros habían penetrado al comercio por la ventana y estaban sacando todo. Mientras tanto en la calle había una especie de trueque semiviolento. “Que tú tienes tres gabardinas (pilotos) y a mí no me ha tocado nada. Dame una”. El que tenía las tres se conformaba indudablemente con tener una menos, porque de lo contrario no lo hubiera pasado muy bien. Así entre manotazos y empujones la gente se iba apoderando de cosas y luego cuando ya no daba más de carga comenzaba el desfile de las “trabajadoras hormiguitas” hacia su hormiguero.
Así en medio de estas escenas llegamos hasta una cuadra del hotel. A mitad del camino habíamos dejado ya a los franceses en su residencia. Para entrar al hotel debíamos cruzar una plaza. Nos detuvimos un instante para coordinar nuestra acción, pues las balas en ese momento silbaban por todas partes siendo notorio el tableteo de las pistolas ametralladoras. “Crucemos por el medio”, le dije a Abello. “Es más seguro ya que nadie pasa por ahí”. Así lo hicimos. Nos faltaba solo cruzar la calle para entrar al Granada que aparecía con las luces apagadas y en medio de la calzada estaba un borracho vociferando mientras daba mandobles al aire con su machete. A un costado de la puerta yacía un individuo que aparentemente estaba muerto. Las puertas del hotel estaban cerradas; si hubieran estado abiertas te juro que hubiera corrido. No aguantaba más. No sentía miedo pero los nervios estaban a punto de estallar.
No era para menos. Llevábamos más de ocho horas de continua tensión. A paso firme pasamos al lado del borracho y llegamos a la puerta del hotel, nos hicimos reconocer y el portero nos franqueó la entrada. Ya en el hall nos encontramos con algunos amigos argentinos que nos recibieron alborozados porque se hallaban preocupados por nuestra tardanza. Al pasar por la puerta observamos que el “muerto” era solo un borracho profundamente dormido. Parecía una estatua y con la mano izquierda empuñaba aún una botella de ron.
En el hall del hotel la gente sentía pánico. En uno de los sillones estaba reclinado un herido que dormía profundamente. Con un machete le habían abierto la cabeza y, según me enteré, un médico más borracho que el propio herido le había cosido la herida con una aguja común y una crin de caballo mientras Taboada (enviado de La Prensa) le alumbraba con una pequeña linterna de mano. (Al día siguiente, después de vomitar el alcohol que tenía almacenado en el estómago, el individuo se levantó lo más trucho y no he vuelto a tener noticias de él. Se retiró del hotel y supongo que estará vivito y coleando.)
Ya en el hotel nos dirigimos al grill situado en el subsuelo y luego de comer un bife me reuní con los enviados de Clarín, La Prensa, La Nación, El Mundo y La Razón en el living de nuestro departamento (Elsa te habrá contado del club que hemos alquilado) y allí comentamos los sucesos. Mis aventuras posteriores son tan largas como éstas y abarcan desde mi participación en la guardia del hotel organizada por el general Majó, hasta algunas expediciones punitivas contra los francotiradores, pasando por varias excursiones personales (algunas de ellas se las relaté a Elsa medio en broma pero el asunto fue en serio), pero eso será materia de una posterior o tal vez, como la Conferencia finaliza el 30, te las contaré personalmente.
No te podrás quejar de éste que es el primer relato detallado que escribo y lo he hecho especialmente para vos. Muéstraselo a Elsa y por supuesto a mis hermanos. Acá los muchachos me tienen loco porque dicen que estoy escribiendo por metros (y creo que no se equivocan).
Avisale al tío Olsen que he recibido ya sus dos cartas. La primera se la he contestado ya y sí cae bien que mamá le lleve este relato para que vea la forma en que se comportó su sobrino. Si en alguna parte hago relación a dudas o tribulaciones es porque no he querido mandarme “la parte” de valiente. Pero en ningún momento sentí miedo. Soy medio psicólogo y he visto que todos los colombianos juntos tuvieron más miedo que el que yo pude tener.
Pero dejemos esto. Recibe un grande y cariñoso abrazo y trasmítele a mamá unos grandes besos del hijo pródigo que regresará a su lar.
Aníbal.
• El Malpensante agradece la invaluable ayuda de Francisco Barrios para la consecusión y publicación de este documento.




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