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sábado, 5 de marzo de 2011

Los idus de Abril (fragmento)

Los Idus de Abril

El primer disparo fue como esa ficha de dominó que inicia el efecto, derribando una. En esta ocasión no eran fichas, sino hechos, personas; muertos en definitiva. El primero y más importante de todos, seria el hombre que caía sobre la acera justo a la una y cinco minutos de esa tarde. Como las pisadas del dios Pan sobre la tierra, haciéndola estremecer, el efecto de esa caída fue inmediato. Como polvorín, como un eco de un voceador de prensa, la noticia empezaba a ir de boca en boca desde la Séptima con Jiménez hasta los confines del país.
—¡Mataron a Gaitán! ¡Mataron a Gaitán! —Las gentes ese viernes, tras ver caer al político, hicieron arder en primera instancia las imprentas de El Siglo, el periódico de los conservadores. Luego saquearían la ciudad y la incendiarían; se emborracharían, se matarían o se harían matar por los francotiradores, los soldados o los policías.Para los gaitanistas el gobierno conservador y sus símbolos, como el periódico El Siglo, representaban al enemigo, la fiera oculta tras las sombras, el Leviatán agazapado listo para abalanzarse sobre ellos.

Esa tarde trágica, mientras las emisoras pasaban música de arrabal para reposar los abotargados estómagos de los bogotanos que almorzaban en ese momento, tres disparos segaron la ilustre vida del caudillo jefe del liberalismo. Los rodillos de las imprentas giraban incesantes; los pasos de los viandantes avanzaban sobre las aceras colmadas; las máquinas de escribir repiqueteaban produciendo artículos y columnas, mientras se prendían cigarrillos febriles para aquietar la exaltación de lo que se quiere y no se puede hacer, cuando se quiere escribir.
A pocos metros del sitio, en la redacción de un diario, un periodista miraba la página en blanco sin saber que poner en ella. Si hubiera sabido que en ese mismo instante, poco antes de la una, que un americano pagado por la central de Inteligencia, conducía por la avenida Caracas rumbo al centro de la ciudad desde el tradicional barrio Teusaquillo, fortín de la clase alta, con casas de antejardines de gravilla y rejas metálicas ornamentadas que traían a la mente los down towns, los barrios de clase media londinenses donde vivían los políticos y hombres prominentes de la capital colombiana, seguramente hubiera escrito la crónica del siglo por haberse adelantado al futuro. El recorrido del automóvil esa mañana, por los aledaños de la residencia del jefe liberal, transcurrió sin sobresalto alguno. Las minucias de la cotidianidad: las sirvientas que sacaban los perros a dar la vuelta escatológica por el parque, los flirteos de los jardineros y los choferes; los escolares que retornaban a tomar el almuerzo a sus casas; las viejas beatas que acudían a la misa a la iglesia de Santa Teresita… nada extraño esa semana, excepto la ausencia de Gaitán a su oficina del edificio Agustín Nieto, el jueves ocho de abril: esa noche se llevaría a cabo la audiencia definitiva en el sonado juicio al teniente Cortés. Sólo los días en que el caudillo daba sus conferencias en el Teatro Municipal, o tenía una audiencia en la corte, se ausentaba de su lugar de trabajo temprano.

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