Escritor por encargo

Escritor por encargo
Datos

lunes, 9 de abril de 2018

Por favor, un ataúd (relato sobre el 9 de abril 1948)




Por favor, un ataúd



La mujer de Herminio amaneció ardiendo en fiebre; sabía que en el hospital no la atenderían, y tampoco se resignaría a dejarla morir en aquel cuartucho miserable. Desesperado, decidió buscar la ayuda de “El Jefe”. Su secretaria le anunció que no había llegado; quizá hacia el mediodía, dijo, podría atenderlo brevemente.
Clara era una mujer resistente. Herminio se aterró al sentir sus pies helados, como si hubiera dormido envuelta por el viento cruel de la ciudad desalmada a la que llegaron por fuerza. Estaba lívida y el niño lloraba de hambre porque no podía amamantarlo. Su única esperanza era Gaitán. Por él lo había dejado todo. Se exilió en Bogotá, huyendo de su pueblo, donde los conservadores lo amenazaron por hacer proselitismo político, dos años atrás. El caudillo lo atendió en su oficina. Lo contrató para pegar los carteles de los eventos políticos. Así conoció a Clara; tuvieron un hijo, con la fe puesta en que fuera la semilla de un mejor futuro. Pero Gaitán perdió las elecciones ante Ospina Pérez: todo dio un vuelco; los conservadores mandaron a los chulavitas para matarlo. Se vieron obligados a esconderse en un inquilinato de baja estrofa, en el barrio Belén.
Herminio regresó al mediodía, tal como le dijo la secretaria, para buscar una cita con Gaitán. Ese día andaba muy ocupado y no podía atender a nadie. Herminio le rogó, diciéndole que era asunto de vida o muerte; de eso dependía la vida de su esposa. Era inútil. Entonces se dio cuenta de su insignificancia. Resultaba imposible para un hombre como él, tan anodino, llamar la atención de un caudillo. Esperaría hasta que saliera de la oficina, sin importar la hora; tenía que hacer que lo escuchara.
Frente al edificio Agustín Nieto, un hombre, con ansiedad evidente, estaba esperando a alguien. ¿A Gaitán? Lo único que me falta, es que se me adelante a hablarle. Llevaba un traje color café claro y no estaba afeitado. Herminio decidió cruzar la carrera Séptima para fumar un cigarrillo, mientras esperaba el momento justo de la salida del caudillo. Unos minutos después de la una de la tarde, lo vio salir. Al cruzar la calle, un tranvía se atravesó en su camino; no pudo ver hacía donde se dirigía el caudillo. En ese momento escuchó tres disparos.

Alcanzó la puerta del edificio y pudo ver a un hombre yaciendo en el suelo. No puede ser, gritó. Herminio lo auxilió, llevándolo hasta un taxi, que hizo las veces de ambulancia improvisada. Se sentó a mesarse los cabellos en el borde de la acera. Al levantar la vista sus ojos se cruzaron con los del hombre del traje café claro: lo llevaba de las solapas un agente de policía, mientras un hombre gritaba: «Este hijueputa es el asesino, él lo mató. Línchenlo».
Herminio regresó al inquilinato. Allí reinaba el silencio. Se acercó al lecho de su esposa y se percató, con horror, que no había nada que hacer por ella. Su hijo dormía, vencido por el hambre. En medio del llanto, Herminio clamó a Dios, rogando misericordia. Se sosegó, acariciando la mano yerta de su esposa, mientras vigilaba, desolado, el sueño de su hijo. La oscura sordidez del cuartucho se iluminó repentinamente. La dueña del inquilinato le informó que había muerto Gaitán. Era mejor no salir a la calle. Herminio, se quedó en silencio. Sin mencionar su tragedia, le pidió que estuviera pendiente de su esposa, mientras salía a resolver un asunto urgente.

Menos de una hora después del anuncio de la muerte de Gaitán, el centro de Bogotá ardía. Herminio vagó entre la turba furiosa, sin que su mente se aclarara en resolver aquella calamidad tan grande. 
De pronto un policía lo detuvo. «¿Usted es liberal?», preguntó. Herminio no supo que responder. «Carajo, malparido, si no me dice lo mato aquí mismo», advirtió. «Sí. Yo soy gaitanista. Pego los carteles para las reuniones del doctor Gaitán: él era mi jefe», respondió sin titubear. El policía le entregó un fusil que llevaba terciado al hombro. «Con esto, quiero que mate a un chulavita», le dijo antes de alejarse entre la multitud...


Relato completo en el libro La mantis religiosa y el puñal de obsidiana


Click en la imagen para comprar







9 de abril de 1948: setenta años cargados de incertidumbre



                        El cuerpo de Gaitán, sin vida, en el quirófano de la Clínica Central.


Hace setenta años el mundo era un poco distinto. La Segunda Guerra había acabado apenas tres años antes. El mundo estaba dividido en dos polos: la Unión Soviética y los Estados Unidos. Colombia estaba fraccionada en dos bandos, como en un estado medieval: rojos y azules. El fervor partidista tomaba visos cada vez más feroces. Mariano Ospina Pérez —el candidato que el astuto líder del partido, quién era conocido como El Monstruo o El Basilisco, puso en el tinglado político—, había recuperado para los conservadores el poder luego de una república liberal que se sostuvo por dieciséis años

En las veredas y pueblos de Colombia, un país que intentaba abrirse camino como una potencia  cafetera, la sangre corría a manos de grupos armados y patrocinados por el gobierno de turno. Eran conocidos como Los Chulavitas. Provenían de la vereda boyacense de Boavita. Son los aterradores precursores en Colombia de un modus operandi creado en la Alemania Nazi con las camisas pardas, primero, y luego con las SS, y perfeccionado, cincuenta décadas después, con los paramilitares. Decapitaciones. Ejecuciones sumarias con la macabra “corbata colombiana”, como se conocía la muerte por degollamiento y posterior decoración postmortem con la lengua de la víctima colgando de su cuello, abortos, violaciones y ahorcamientos, entre un sinfín de atrocidades, eran el pan de cada día.

Gaitán, el caudillo del pueblo


Un hombre alzó su voz contra aquel mar de sangre que anegaba el país. Jorge Eliécer Gaitán. El abogado y caudillo liberal,  hijo de un ex desertor de la Guerra de los Mil Días y librero y de una maestra de educación elemental, lanzaba sus dardos contra el gobierno de Ospina Pérez y su indolente política. En el Teatro Municipal de la Séptima con calle veintidós, primero, y luego en la Plaza de Bolívar, decidió señalar directamente al jefe de estado conservador. El peso de la culpa histórica caería sobre sus hombros, si seguía de brazos cruzados ante la masacre del pueblo liberal. Casi todos los liberales se identificaban con Gaitán y sus ideas: para algunos coqueteaban con el socialismo; para otros con el fascismo; y para la gran mayoría, con la demagogia y el populismo.

Gaitán representaba la nueva generación política tras la hegemonía conservadora que llevó hasta los años treinta a Colombia a convertirse en un país retrógrado y clerical, en que las clases aristocráticas dominaban el concierto de la nación. “Los oligarcas”, como el los llamaba despectivamente, le temían. Como sucede hoy con algunos políticos, era identificado con el modelo peronista o el estatismo económico de Lázaro Cárdenas en México, que nacionalizó el petróleo en los años treinta. En resumen, Gaitán representaba para las clases privilegiadas, el empresariado, la clase política y el clero, la sovietización de Colombia.


9 de abril de 1948: 1.05 PM




El riesgo latente, fue aparentemente conjurado para una parte de la sociedad el 9 de abril de 1948. Exactamente hace setenta años. Tres disparos segaron la vida del caudillo liberal y futuro presidente de Colombia. A la una y cinco de la tarde. Un fanático, que la historia ha querido representar con el nombre de Juan Roa Sierra: desempleado, inestable, pobre, resentido, marginado y derrotado en casi toda empresa que emprendió en su corta vida, aparentemente le disparó, actuando como lobo solitario, aquel viernes de cielo plomizo.

Roa Sierra fue linchado sobre los rieles del tranvía, mientras Gaitán agonizaba en la Clínica Central. Bogotá estalló. La radio anunció que la caída del régimen ospinista era inminente; la gente se volcó a las calles a reclamar lo que consideraba que la oligarquía le había quitado. Una facción de la policía se sublevó y armó a los espontáneos que acudieron a la Quinta Estación. El ejército, que según el imaginario de los locutores que se tomaron la Radio Nacional ese día, defendería al pueblo contra el yugo conservador, salió con sus tanques a disparar a la turba. Colombia truncó su única revolución popular que la hubiese convertido otro satélite soviético en América Latina.

Se dice que Marshall vino personalmente a orquestar la conjura para acabar con Gaitán. Que Bogotá era un nido de espías. Que hubo fiestas en las casas de los ricos para celebrar la muerte del “Negro Hijueputa Ese”. Varios días después Bogotá parecía Londres, Colonia o Dresde, tras los bombardeos de la guerra. Gaitán, que dijo que si lo mataban los ríos de sangre anegarían a Colombia hasta ahogarla, no se equivocaba. La Violencia tuvo su bautismo de sangre y fuego un 9 de abril a la 1.05. En el sitio donde empezó todo, ahora hay varias placas conmemorativas.

Hoy, cuando se ha firmado la paz con las FARC, y el fantasma de La Violencia parece haberse disipado, la sombra del exterminio político por parte de la derecha contra la izquierda, opaca el cielo azul de Colombia. La paz está ante una encrucijada, y sus ojos vendados pueden llevarla a tomar el peor de ellos, otra vez. Y la voz de Gaitán parece hoy resonar más que nunca, invocando la restauración moral de la república.


domingo, 20 de noviembre de 2016

La Calle 10: las cenizas del torbellino de la historia.

Exterior de la Droguería Granada: la multitud acecha a Juán Roa Sierra, presunto asesino de Gaitán.


Al comienzo de la novela la Calle 10 de Manuel Zapata Olivella, el lector encuentra un cuadro desgarrador y fascinante, quizá porque el horror cuando se presenta, nos sorprende, revelándosenos como un continente nuevo. Parmenio intenta salvar el cuerpo de su mujer, que ha muerto en plena calle, de las garras de los buitres de la Escuela de Medicina. Si va a dar allí, sabe que su amada esposa será instrumento de estudio científico, cosificada cual vulgar conejillo de Indias; ya no podrá despedirla con un poco de dignidad dándole cristiana sepultura. Pero esa brutalidad opresora del sistema de castas, caerá sin misericordia sobre la espalda de cada uno de los antihéroes de esta novela. Sin embargo, este no es sino uno de los niveles de violencia que aquel mundo marginal, con todas las características ideales para hacer de esta novela, que bien pudiera transcurrir no en la Bogotá de los días previos al El Bogotazo, sino en un gueto judío de Europa o en un suburbio de la Londres de Dickens, vapulea a los personajes. "El Oso", un lisiado, que a su vez es explotado por otro infeliz, es una más de las víctimas de este círculo infernal de poderes concéntricos dentro de la marginalidad.



                                 El 9 de abril de 1948 no había inocentes; todos eran sospechosos


También los nombres de los personajes, contribuyen a eclipsar todavía más las características que pudieran hacerlos menos anodinos y más cercanos a nuestra experiencia: El Pelúo, El Oso, Laboriel La Garrapata, El poeta Tamayo, entre otros, nos producen una sensación de distancia, pues dificulta concebir una idea concreta de cualquier característica que los configure con rasgos más definidos, los anula dentro de esa categoría de “pueblo llano”. Existe también una dinámica del sufrimiento como patrón de una sociedad apegada al cristianismo que expía las culpas: los niños sufren, los hombres sufren, las mujeres sufren, hasta los animales sufren. En medio de unas coordenadas espaciales que se circunscriben a la Calle 10 y sus lugares adyacentes: la Plaza de Mercado, la estación de policía, la Escuela de Medicina, estos seres se mueven entre las sombras de las calles sucias, malolientes, con gentes vestidas en harapos. Son lo que pudiera llamarse en el lenguaje de los nazis “Untermenschen”, es decir, infrahombres, escoria, basura humana, mierda, con que los burgueses e incluso la misma clase trabajadora bogotana, temen llegar a cruzar palabra.

En este mundo de intocables, llegará un momento de redención. La historia de vez en cuando, da la oportunidad de reivindicarse a los hombres (léase en sentido figurado y no como violencia de género) cada tanto. Aunque la razón del alzamiento del viernes 9 de abril de 1948, no sea mencionada directamente, el lector sabe, es de suponerse, cuál es el contexto histórico. Ese momento de dolor popular es conjurado, convirtiendo toda esa opresión ejercida por los poderes establecidos: la Iglesia, la Policía, el Gobierno, así como los poderes subyacentes al espacio vital de los personajes de la novela, en una catarsis. Luego, los  personajes se diluyen en la trastienda de la historia de la Calle 10, una vez se han disipado los incendios y la ceniza se ha allanado, tras el paso del torbellino de los hechos.


lunes, 16 de febrero de 2015

Los libros del Bogotazo

Existe una ingente literatura sobre el 9 de abril que ha ido, poco a poco, quedando atrás en la medida en que los editores han mostrado cada vez más desinterés por el tema de El Bogotazo, la revuelta sucedida tras la muerte del caudillo liberal, ese segundo viernes de abril de 1948. Huelga decir que es la literatura y no el ensayo, la que ha renovado su interés por narrar este hecho. Miguel Torres, reputado dramaturgo y novelista bogotano, aportó recientemente a su saga sobre el 9 de abril, El Incendio de Abril, que secunda a su refrescante novela, El Crimen del Siglo (2006). El día del Odio de Osorio Lizarazo (1952) y La Calle 10 de Manuel Zapata Olivella, son ya de facto, novelas emblemáticas sobre el suceso. Alba Lucía Ángel, en Estaba la pájara pinta sentada en su verde limón, toca tangencialmente el hecho al comienzo de esta novela de corte experimental, aunque sin profundizar en el mismo.



El género del ensayo ha sido el que más aportes ha hecho a esta bibliografía. Editoriales de gran calado como Planeta, pusieron al servicio de este acervo historiográfico varios títulos. La paradigmática obra, El Bogotazo: Memorias del Olvido de Arturo Alape (1983), fue editada desde principios de los ochentas, hasta 2002, última reimpresión de un gran libro que, infortunadamente para las editoriales, ahora hace honor a su título. También Planeta, editó por la misma época, en 1998 para conmemorar los cincuenta años del hecho: 9 de abril la voz del Pueblo, selección de crónicas del periodista Víctor Diusaba Rojas; luego, Grandes Potencias, el 9 de abril y la violencia (2000). Esa última edición, es un compilado con textos de académicos de la talla de Gonzalo Sánchez, que narra concienzudamente, los antecedentes geopolíticos y económicos del Bogotazo. La editorial ha descontinuado completamente los posibilidades de reedición de este excepcional libro. La ausencia de un texto de semejante importancia, evidencia la falta de relevancia del género del ensayo histórico, dentro de los intereses de las grandes multinacionales del libro en Colombia.



Para quienes tenemos interés en ahondar en la literatura histórica, con una sustancia tan rica y huidiza como la del 9 de abril, por fortuna las editoriales de antaño se encargaron de hacer ediciones de gran valor histórico. En primer lugar, la crónica del historiador Eduardo Santa ¿Qué pasó el 9 de abril?, itinerario de una revolución frustrada. Tercer Mundo (1982). Este es un interesante recuento de los aciagos hechos, en la visión del escritor y académico, con un acertada objetividad. El Crimen de Abril de Rafael Galán Medellín. Ecoe (1983), hace lo propio en la visión de un abogado liberal, cercano al caudillo asesinado. Aporta valiosos datos sobre los atestados judiciales del presunto asesino, Juan Roa Sierra y sus cómplices. Por último El impacto del 9 de abril sobre el centro de Bogotá, de Jaques Aprile Gniset. Centro Gaitán (1986), resulta un interesante texto sobre la urbanística y arquitectura, antes y después del crimen que desbordó las aguas feroces de la violencia bipartidista en Colombia, de cuyas consecuencias se pueden percibir todavía sus ecos distantes.



miércoles, 5 de noviembre de 2014

¿Quién era Juan Roa Sierra?

                                          El cuerpo de Roa Sierra luego de su linchamiento

Desde abril de 1948, sobre la nebulosa figura de Juan Roa Sierra, se ha especulado incesantemente más de lo que se ha escrito. Trazar una radiografía siquiera fiel de este personaje —histórico aunque les escueza a muchos—, es prácticamente un asunto del que solo se ha ocupado la literatura. Justamente en este sentido la excepcional novela de Miguel Torres (dramaturgo bogotano formado en París; fundador del Teatro El Local y autor de Los oficios del hambre y la novela Cerco de Amor) nos ilustra de manera diáfana en su segunda novela El Crimen del siglo.

Aquí Roa Sierra es un hombre acosado por los fantasmas de la locura y la miseria. Acude al consultorio del quiromántico alemán Johann Umland Gerd, cerca del mediodía, para decirle que asesinará a Gaitán ese viernes 9 de abril. No le cree; nadie le cree nada —podría decirse que ni su sombra lo hace— entonces, presa de su ingenuidad, accede a consumar la conjura sirviendo de autor material en el crimen. El perfil dostoievskiano de este Juan Roa Sierra, no se aleja mucho de los informes dados por los atestados judiciales postmortem, suministrados por quienes le conocieron en vida. Era un hombre taciturno, tímido, quizá fanático, ferozmente ingenuo, pusilánime y desempleado. Uno otro más de los habitantes de aquella Bogotá de medio millar; uno más de esos que le hace honor al gran poema del venezolano Rafael Cadenas "Derrota", un hombre acostumbrado a quitarse el polvo de encima tras las caídas.

                                                Arma con la que se perpetró el magnicidio

En el informe de la agencia de inteligencia británica, Scotland Yard, contratada por Ospina Pérez para disolver de facto cualquier intento local de demostrar alguna participación del Estado en el atroz crimen, se afirma que el magnicida obró solo. Es decir, que Roa Sierra fraguó desde su oscuro anonimato en un cuartucho del barrio Santander, el magnicidio que desbordó los cauces de sangre en Colombia y que desembocara en el mar de una guerra fratricida que nos anega hasta hoy. ¿Increíble?  

Esta tesis, por lo demás espuria, puesto que varios testimonios afirman la participación de agentes estatales y miembros de la policía política «Popol», en el lugar de los hechos, confirma una vez más la presencia tenebrosa de los intereses oligárquicos tras el tinglado de aquella «Operación Pantomima», orquestada por la CIA y dirigida por el general George Marshall, de la que luego hablaremos. Juan Roa Sierra, fue víctima también del orden jerárquico social colombiano, tan rabiosamente clasista y excluyente desde los tiempos coloniales. Acosado por las contingencias del existir, cometió el error de toparse con quien no debía. Pensó quizá que podría arreglar su vida y corregir así el rumbo de la historia de Colombia, matando a Gaitán (la principal tesis literaria de El crimen del Siglo). ¿Quién lo sabe? Esta es la ingrata tarea de los escritores, asumiendo la tarea de dilucidar los misterios que rehúyen al historiador, para comunicarlo a los lectores